Por Vargavila Riverón
Panorama Opinión._ El pasado sábado 7 de febrero de 2026, Haití, la África del Caribe, puso fin al Consejo Presidencial de Transición (CPT) tras casi veintidós meses. El primer país del hemisferio occidental en lograr su independencia de la opresión colonial europea hace 222 años, pasó la página de esta caótica experiencia política que vio a nueve presidentes pasar al frente del Estado, cada uno con menos de cuatro meses de mandato.
Para muchos en Haití y otros países, el mandato del CPT será recordado como el de un ejecutivo colectivo incapaz de estabilizar el país ni de reformar un aparato estatal en avanzado deterioro, cuyo escenario sigue siendo el mismo: inseguridad generalizada, colapso institucional, parálisis administrativa y pérdida de control sobre amplias áreas del territorio; en conclusión, un Estado fallido. No cabe duda de que los resultados del Consejo y el diagnóstico son desalentadores, porque los nueve asesores presidenciales encargados no fueron capaces de “enderezar” el rumbo de Haití, territorio que sigue sumido en el caos y con un futuro político incierto.
A partir de ahora, el primer ministro Alix Didier Fils-Aimé recibió las riendas y es el nuevo “hombre fuerte” de Haití tras la disolución del CPT. Este empresario y político cuenta con el apoyo y la “bendición” de los Estados Unidos, principalmente de la administración del presidente Donald Trump, un respaldo decisivo para su permanencia en el cargo, a pesar de una resolución aprobada meses previos por cinco de los nueve asesores presidenciales, que buscaba su destitución.
Sin ceñirse a las formalidades del lenguaje diplomático, Washington se ha alineado abiertamente con su nuevo “protegido”, y una muestra de ello es el envío de tres buques de guerra a Puerto Príncipe: USS Stockdale, USCGC Stone y USCGC Diligence, movilizados como parte de la “Operación Lanza del Sur” contra el narcotráfico y las bandas haitianas, a las que ha designado como organizaciones terroristas internacionales.
Por su parte, Fils-Aimé ha prometido “trabajar en la construcción de un Haití fuerte, próspero y libre” y garantiza que se celebrarán elecciones este 2026, para restituir “la democracia” y estabilizar el país caribeño.
Sin embargo, partiendo de esta premisa ambiciosa y compleja por la actual coyuntura de crisis agudizada, cabe hacer la siguiente reflexión: ¿está Haití en condiciones de celebrar un proceso electoral, siendo una nación donde más del 85% de su territorio se encuentra dominado por pandillas armadas que siembran el caos, el terror, la violencia y el desasosiego?
Esta ilusión óptica solo sería posible alcanzarla si hay una firme voluntad para lograr “meter” en los buques de guerra estadounidenses a los principales líderes de bandas como Jimmy Chérizier (Barbecue), Joseph Wilson (Lanmo Sanjou), Vitel Homme Innocent, Izo 5 Segond, Mathias Gabriel Jean Pierre (Ti Gabriel), junto a otros dirigentes subversivos y su coalición Viv Ansanm, permitiendo crear condiciones mínimas y un clima sociopolítico más prudente y viable para fines electorales que contribuyan a reinstaurar la democracia haitiana y un relanzamiento estatal.
Es innegable que, ante el fracaso de cinco intervenciones armadas desplegadas en los últimos 80 años por la Organización de las Naciones Unidas (ONU), el sistema internacional y los países “amigos de Haití”, si existiese esa determinación de la nación más poderosa del mundo, ese territorio caribeño fuera saneado de las garras de las pandillas y convertido en una nación estable, próspera, productiva y con desarrollo real. Pero como posee escasas riquezas tangibles y limitada importancia geoestratégica para los intereses occidentales regionales, los denominados “aliados poderosos de Haití”, que pueden ayudarle con su mano solidaria para restablecer el orden y la paz social, permitirán que se siga hundiendo y ahogando en un laberinto de violencia.
Este recurrente panorama de crisis en la parte oeste de la isla Española continúa planteando grandes implicaciones y graves repercusiones para el hemisferio y, de forma directa, para la República Dominicana, como vecino más cercano, que debe asumir con firmeza y contundencia los retos y desafíos que nos amenazan. En primer orden, la desbordada inmigración irregular, el tráfico de drogas, armas, alcohol y otros ilícitos a través de una frontera terrestre de más de 390 kilómetros, en muchas zonas porosas, vulnerables y, en algunos casos, testigos de la complicidad oficial militar que claudica ante las tentadoras ofertas de la ilegalidad.
En momentos en que la violencia se profundiza, la crisis política se agudiza, el vacío de poder se exacerba y las posibilidades de reconducir y reconstruir un “nuevo Haití” en un corto y mediano plazo son una ilusión, las autoridades dominicanas y todos los conciudadanos debemos estar alerta y reafirmar el compromiso inquebrantable con la soberanía integral de la República Dominicana, sin dejar de ayudar a nuestros vecinos en su territorio, pero con la firmeza de los valores: Dios, Patria y Libertad.
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